No es asunto de un hábito, es asunto de amor …

Mucho frío hacía esa noche. La hermana María de la comunidad de ancianos desamparados, siente la necesidad de llevar su vocación por los abuelitos a Popayán. Emprende con otra hermana el viaje desde Ecuador, y como directora delegada por su superiora española, llegan a un sitio donde no había nada, absolutamente nada…, pero sí muchos abuelitos abandonados y muchas ganas de servir. Toca a la puerta del párroco y de la alcaldía, recibiendo amabilidad, pero en concreto muy poco, porque no había lugar disponible. Con esfuerzo la monjita busca un grupo de personas distinguidas de la comunidad. Una organización sin ánimo de lucro le permitió en comodato un sitio donde pudieron comenzar. Fueron muchos viajes a Cali, para encontrar en esa zona dulce como la caña de azúcar, muchos corazones de empresarios que empezaron a hacer donaciones: telas para sábanas, cepillos y cremas dentales, utensilios de cocina, aseo, camas. Poco a poco, la hermana María sería la madre del asilo de ancianos de Popayán, con esas contribuciones de los amigos más pudientes del departamento del Valle, comienza la labor.

Cuando ya tenía la posibilidad de albergar a los ancianos, la comunidad envía un grupo de cinco hermanas con sus hábitos blancos y recogen de la calle uno a uno a los viejitos, para limpiarles, curarles y alimentarles. Así pasaban los días, la casita se llenaba de luz, cada vez que arribaba un adulto mayor, cargado de tristezas, por abandono de su propia familia, pero encontrando en las monjitas con su vocación de servicio, el amor del que carecían.

Los alimentos al comienzo pocos, pero la gestión de las hermanas quienes empezaron a salir por turnos a darse a conocer entre los vecinos y estos a su vez referenciando a otros conocidos, aumentaron considerablemente. La madre María empezó a enviar cartas a los personajes del Ecuador y a través de estos, llegó al propio Presidente de la República, quien obtuvo que Alemania le hiciera un donativo de una camioneta. La comunidad iba creciendo por el trabajo en equipo de las monjitas, quienes, sin importar sus hábitos, desde las cuatro de la mañana van al coro, a la eucaristía y como abejas obreras, se ponen el delantal para cambiar pañales (si es que tienen) de los adultos mayores, darles sus medicamentos, bañarlos y dejarlos listos para el desayuno…La palabra mágica que reciben es: GRACIAS.

Autora: ADRIANA MANTILLA DURÁN
Bucaramanga, Asociada hace diez años a Coomeva
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