Muchos viajes son muchas vidas diferentes

Todos los que hemos viajado, mucho o poco, coincidimos en una cosa: Te cambia la vida. El que se va, jamás es el mismo que vuelve. Cada viaje es como vivir una vida diferente. Crónica de una experiencia que me ha transformado.


Viajar resultó ser para mí, si se puede decir, un gusto “congénito”. Mi abuelo español, Gregorio, salió a sus 20 años de Santanyí, un pequeño pueblo en las islas Baleares, con el sueño de conocer el mundo. Era principios de los años 30 y no se tiene claro cuántos sitios recorrió antes de llegar a Colombia; lo cierto es que atravesó el Atlántico, pasó por muchos lugares, se asentó un tiempo y formó familia, y luego se volvió a ir de viaje.

Y de allí vengo. Recuerdo que desde que tengo uso de razón y en mi niñez, cada 31 de diciembre a las 12 de la noche salía a dar la vuelta a la manzana en mi barrio, corriendo con maleta en mano, con la idea de que este agüero de Año Nuevo me traería muchos viajes futuros.

Como mi abuelo, viajar fue mi primer gran sueño. No sé si el hechizo decembrino surtió efecto, ni si he viajado tanto como habría querido, pero he logrado hacerlo y cada vez que viajo, me cambia la vida.

Salí a los 14 años de un pueblo de no más de 300.000 habitantes, en el que recorría siempre las mismas diez calles. Y aunque siempre regreso allí, nunca lo veo con los mismos ojos. La que se fue no es la misma que vuelve.

Hoy calculo que he recorrido unas cuantas calles más en 16 países y al menos 80 lugares en Colombia. Lo que sí no llevo es la cuenta de todos los platos que he probado, la interesante gente que he conocido, lo que me he sorprendido, las costumbres y culturas diferentes que he aprendido, los miedos que he perdido, la seguridad que he ganado o los momentos de plenitud que he disfrutado.

Pero como dijo Neruda ¡confieso que he vivido! y mucho, pues usando las palabras de Zeila, una viajera mexicana de 52 años, cada viaje es como vivir una vida diferente.

La primera vez

Como toda primera vez estaba joven y llena de ganas, y a la vez tímida y asustada. En la pequeña oficina de Turismo Coomeva que quedaba en Unicentro la señora Mabel me dijo “pasa tranquila que aquí te abrimos las puertas al mundo”. De asustada pasé a incrédula, pero al final fue cierto: Salí con tiquetes, plan de viaje, traslados, seguros, “vouchers” de todo y todo a crédito, sin mayor exigencia.

Poco después tuve la satisfacción de viajar con mi mamá, quien nunca había salido del pueblo. Con ojos de niña vio conmigo el mar por primera vez y vivió su primera experiencia en avión. Nunca olvidaré su cara. Esos son momentos que marcan el corazón y el alma para toda la vida.

A mi mejor amiga de la época también la convencí de que alzara vuelo por primera vez. Nos gastamos el salario del mes y el pago del arriendo, pero aún hoy nos reímos de nuestras aventuras en Cartagena. Recordamos el viaje y no cómo lo pagamos.

Hoy, casi 25 años después, viajo con un compañero de vida con quien compartimos el mismo sueño y un hijo de 10 años que también lo heredó. Presumo de confianza, experiencia y modernidad, y ahora yo misma escojo y organizo todo en el portal web de Coomeva Turismo Agencia de Viajes.

Nada volverá a ser igual

A mi mamá le dio por recorrer los pasos de mi abuelo, al revés. Hace años dejó su pequeño taller de costura y lo que no logró conocer en aulas académicas, lo ha hecho viajando.

De mi amiga de adolescencia veo sus fantásticas fotos en un grupo de viajeros -Mochileros- en Facebook del cual hago parte junto con más de 400.000 más, de muchos rincones del Continente. Pregunté a varios de ellos cómo sus viajes transforman su vida.

Para la mayoría viajar significa ganar más felicidad y perder estrés; aprender y enriquecer la vida; aportar en su autodescubrimiento y alejar miedos e inseguridades; desafiar la visión de las cosas y ampliar horizontes. Ninguno cambiaría las experiencias de viaje por ninguna otra o por alguna posesión material.

• “Viajar me abrió la mente y creer más en mí. Me di cuenta de que afuera hay mucha más gente, cultura, costumbres que me enriquecieron y que me hicieron querer seguir viajando toda la vida”. Hernán, Colombia, 42 años.

• “Viajar me modificó el carácter. Reduje los nervios, desarrollé una paciencia de la que no me creía capaz y afiné mis habilidades sociales. Aumentó mi empatía y mi capacidad de adaptación a lo que sea”. Dafne, Argentina, 40 años

• “Viajar te permite encontrarte, ganar seguridad al saber que puedes superar obstáculos por ti misma. Observar tu alrededor sin las prisas del día a día”. Larissa, México, 36 años.

• “Viajar te ‘achica’ el mundo; ya no es tan inalcanzable. Surgen experiencias que no creías que podrías vivir jamás. Te pone a prueba con tu alma”. Gabriela, Argentina, 55 años.

• “Viajar cambió mi perspectiva: Aprendí a valorar las pequeñas cosas, las personas y los hechos que me brinda la vida. Me empecé a amar más y a amar a los demás. Viajo con mis hijos y es una experiencia distinta que les enseña a apreciar el mundo”. Angie, Colombia, 22 años.

• “Es una sensación de enriquecimiento del alma. En cada lugar diferente encuentras algo nuevo en tu interior. Es conectarte de verdad con la madre naturaleza”. Sebastián, Colombia, 26 años.

Constaté que coincidimos en que viajar te permite vivir experiencias que transforman. Hoy puedo decir que soy la misma de siempre, pero gracias a viajar, nunca volveré a ser la de antes. Zeila lo resumió muy bien: “Muchos viajes son muchas vidas diferentes”.

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